martes, 6 de marzo de 2007

Ademán

Blancas suelen las cruces que dilatan
marasmos teñidos de soledad de sol,
de soledad en luna.
Herido por mis pasos,
tiendo mi gabán en bosques que devoran,
las amargas fauces sin boca.

Golpea un alicio suave de esmeralda,
acallando el silencio fatuo de las horas.
En el eclipse tenue
de la voz se implora:
el reposo triste de la aurora.

Ascua grabe que dibuja
en la carne mansa la olas.
¡Soy un dios que besa el cieno
rojo, espanto de su estanque!

Mácula que eleva en roces
fragantes cuerdas en el cielo.
Afinan en cristales las puertas,
rezan los postigos.

Y la noche es amarilla y contagia
al bermejo inconcluso de la sombra,
que resume en una tapia muerta,
su descuido y me desnuda.

Santiago G.

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